Aprendí que la salud mental y la salud espiritual están profundamente conectadas y no pueden tratarse por separado. El ser humano es integral: espíritu, alma y cuerpo, por lo que su cuidado también debe serlo.
Comprendí que muchas luchas emocionales tienen un componente espiritual, como la culpa, el perdón o el propósito de vida. También entendí que una espiritualidad sana fortalece la paz, la esperanza y el bienestar emocional, mientras que una espiritualidad mal enfocada puede generar más angustia.
Finalmente, aprendí que como consejeros, pastores o psicólogos cristianos, nuestro llamado es acompañar a las personas de manera integral, integrando la fe con herramientas psicológicas para promover una verdadera sanidad.